Pros y contras de la rutina en confinamiento

Foto: Jamesteohart / Shutterstock



En este período insólito de confinamiento en el que nos vemos inmersos en la actualidad, no cabe duda de que tener la mente ocupada hace que el tiempo transcurra más rápido y nos aleja de estados de angustia, ansiedad o depresión. Son muchos los expertos que insisten en la importancia de establecer rutinas en la vida diaria que nos impidan estar ociosos y pensar demasiado en lo que nos rodea. Pero, ¿de verdad resulta tan beneficioso establecer rutinas?

Rutina es una palabra que proviene del francés, routine, que significa “costumbre o hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y de manera más o menos automática” (RAE, 2020). La rutina nos permite organizar nuestro tiempo de una forma práctica, automatizada.

Históricamente ha habido personas ilustres reconocidas por sus rutinas, como Nietzche, Karl Max o Emmanuel Kant. Este último era apodado “el reloj de Konigsbergh”, su localidad natal, y tenía por costumbre pasear todos los días a la misma hora, aprovechando los vecinos su paso por determinados lugares para poner en hora sus relojes.

Pues bien, con la COVID-19 acechando, nos hemos visto, de la noche a la mañana, obligados a recluirnos en nuestras casas. Hemos tenido que frenar en seco nuestra inercia cotidiana, para dar paso a una situación desconocida e insólita con repercusiones a nivel mundial. En este contexto, la rutina puede jugar el papel de aliado o de enemigo.


La rutina ahorra energía

Como aspectos positivos de la rutina, cabe destacar que nos permite alcanzar cierto nivel de orden y organizar nuestra vida, además de ganar tranquilidad, dormir mejor y obtener una mayor seguridad emocional. Por si fuera poco, la planificación reduce el estrés y la depresión, nos genera una estructura conocida y nos ayuda a movernos en nuestra “zona de confort”.

Por otro lado, la rutina nos ayuda a administrar mejor nuestro tiempo, de forma disciplinada, economizando esfuerzos. Funcionar con cierto nivel de automatismo, sin pensar, evita la sobrecarga cognitiva y nos ayuda a centrarnos mejor en nuevos aprendizajes y rutinas.

En ese sentido, podemos afirmar que con disciplina ahorramos energía mental, que podemos destinar al desarrollo de habilidades. Además, no hay que olvidar que las rutinas se transforman en costumbres, algo fundamental para mantener una actividad de manera prolongada en el tiempo.

Sin temor a equivocarnos, podemos aventurar que la repetición es la clave de la adquisición de hábitos. En un artículo que publicaba hace unos años la revista Personality and Social Psychology Bulletin, Wendy Woods y sus colegas de la University of Southern California (EE UU) aseguraban que el 40% del tiempo no pensamos en lo que hacemos: nos dejamos llevar por automatismos. Con la motivación suficiente, podemos modificar los hábitos. Aunque si estrujamos mucho la fuerza de voluntad y ésta flaquea, volveremos a caer fácilmente en esas rutinas grabadas a fuego.

Según Woods los estudios revelan que se puede tardar entre 15 y 254 días en convertir un comportamiento en hábito. Ahora que estamos confinados en casa, tenemos ante nosotros la oportunidad de adquirir hábitos saludables que en la vorágine de nuestras ajetreadas vidas nos costaba tanto establecer.


El riesgo del tedio y las adicciones

Como contrapartida, la rutina nos puede conducir a la monotonía, hacer que todos los días nos parezcan iguales, sin incentivos. Al final, corremos el riesgo de acabar perdiendo la chispa y aburriéndonos. Con el peligro que eso supone de caer en las garras de algunas adicciones peligrosas como el alcohol, las drogas, el juego o comer compulsivamente.

Para no llegar a este punto, hay que asegurarse que no decae nuestro ánimo. Pensar excesivamente en la situación generada por la pandemia puede derivando en un estado de ansiedad o depresión, que nos vuelve más vulnerables.


Cuestión de actitud

Está claro que tenemos la oportunidad de sacar provecho de la rutina, sobre todo si la aplicamos correctamente a nuestros horarios, higiene y cuidado personal. También podemos mejorar nuestra autoestima y avivar nuestra esperanza pensando en que todo esto pasará (que lo hará). Incluso aprovechar las circunstancias para ordenar algunos aspectos de nuestra vida, mantener el contacto con nuestros seres queridos, mantener una actividad física intensa y realizar actividades en común.

En cierto modo, tenemos ante nosotros una oportunidad única que no deberíamos dejar pasar. No hay que olvidar que las circunstancias no se eligen, pero sí la actitud que tenemos ante ellas.

El atleta norteamericano Jim Ryun decía que “la motivación nos ayuda a comenzar y el hábito a continuar”. Comencemos, pues, a planificar y poner en práctica rutinas que nos permitan seguir un ritmo diario. Eso sí, para evitar la monotonía no queda otra que combinarlas con cierta dosis de creatividad e innovación en otros aspectos de nuestro día a día.





Fernando Díez, Profesor doctor Facultad de Psicología y Educación, Universidad de Deusto

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Educación ‘online’ frente a presencial: no hay lugar como la escuela para aprender

De entre los ángulos de análisis que nos ofrecen estos tiempos de pandemia, es necesario detenerse en uno que, para quienes nos dedicamos al mundo de la educación, ofrece sus propios matices. De forma súbita, en medio del curso académico, hemos tenido que cambiar la manera de relacionarnos con nuestro alumnado, con nuestros compañeros y compañeras y con la organización a la que pertenecemos, pasando a ejercer como “teledocentes” a tiempo completo.

 

Todo esto ocurre en el marco de una escalada competitiva en la que está sumida ya desde hace tiempo la inmensa industria del conocimiento. Una industria que convierte en prioridad la diversificación de la oferta de productos formativos en formato online. La tendencia está ahí: la impulsa el mercado (muy especialmente los productores de contenidos y aplicaciones), la asumen las instituciones educativas, la apoyan los gobiernos y la demanda un determinado perfil de cliente-alumno.

Lo mejor y lo peor de la tecnología educativa

Las posibilidades que ofrecen las plataformas digitales pueden ser excelentes ayudas en determinadas situaciones. En las circunstancias actuales, están haciendo posible que mantengamos la actividad docente con los centros educativos cerrados, obrando el milagro de la “presencialidad remota”. Y lo hacen en unas condiciones que el alumnado parece aceptar sin problemas al adaptarse con naturalidad a su condición de nativos digitales.

 

Sin embargo, considerando el evidente carácter siempre ambivalente de la tecnología, no podemos dejar de atender los aspectos negativos que comporta. Empezando por las condiciones materiales para desarrollar nuestra actividad, nos damos cuenta de que es necesario disponer en nuestros hogares de ciertos recursos (conocimientos, equipos, aplicaciones, ancho de banda…).

 

Esta exigencia choca muchas veces con las numerosas brechas digitales que existen incluso entre nosotros, casuales habitantes del llamado primer mundo.

La rapidez es contraria a la reflexión

En segundo lugar, comprobamos nuevamente cómo las características esenciales de muchas de las tecnologías empleadas –-como la rapidez o la inmediatez– en numerosas ocasiones se articulan muy problemáticamente con la reflexión, la corrección de la expresión, el rigor y la lentitud -–sí, la lentitud– necesarias en la tarea educativa.

 

“Rápido es mejor que lento”, sonora declaración de una de las grandes corporaciones tecnológicas (líder en el mercado de las aplicaciones online para educación), puede resultar aplicable en determinados contextos, pero sin duda no lo es en otros, entre ellos el educativo.

Aprender necesita de un contexto

Un tercer aspecto surge al recordar que procesos tan propiamente humanos como la enseñanza-aprendizaje están necesariamente acompañados de un contexto, de unas circunstancias, de una infinidad de pequeños detalles de todo tipo. Elementos que solo existen en el espacio físico y que son los que dotan a este proceso de pleno sentido y significado, al contener una parte imprescindible del proceso de interacción y comunicación.

 

Existen otras consecuencias posibles, como las que derivan de los nuevos entornos digitales en muchos de nuestros derechos como la privacidad o la propiedad. Baste aquí al menos con subrayar una evidencia que en el terreno educativo tendemos a olvidar: lo virtual no puede nunca sustituir a lo real. Incluso sin entrar en la valoración sobre su mayor o menor calidad, al menos reconozcamos que es incomparable, que es otra cosa distinta y, por tanto, nunca lo sustituirá adecuadamente.

No todo tiene una solución tecnológica

Finalmente, recordemos que, más allá de discrepancias concretas, esta situación aporta un nuevo elemento aplicable a muchos otros aspectos del desarrollo humano. Es importante huir una vez más del “solucionismo tecnológico”. Del evidente peligro de suponer que los problemas sociales se pueden resolver con soluciones exclusivamente técnicas.

 

En estos días lo vemos con mucha claridad: hay elementos no directamente vinculados a la técnica que resultan imprescindibles, como la disposición personal, la responsabilidad profesional, la ética empresarial o la legitimidad política.

 

Ojalá podamos recuperar la sociabilidad perdida cuando las circunstancias así lo permitan. El espacio físico que nos rodea, la sensación de formar parte de un grupo, los juegos de miradas y gestos, las constantes interacciones humanas son oportunidad siempre de enseñanzas y aprendizajes valiosos para nuestras vidas. Todo ello, y mucho más, está en juego.

 

De todos nosotros, personas e instituciones llamadas a ejercer responsablemente nuestra labor docente, depende. Será tarea nuestra que, tras esta experiencia, se siga reivindicando la interacción directa, real, como el modo más adecuado, aunque costoso y exigente, de una relación educativa. Ojalá podamos repetir aquello de que no valoramos lo que tenemos hasta que lo hemos perdido. Y, ojalá también, podamos tener la oportunidad de recuperarlo.

 

Fuente: The Conversation

https://theconversation.com/educacion-online-frente-a-presencial-no-hay-lugar-como-la-escuela-para-aprender-136353

Autores: Pedro M. Sasia: Profesor investigador en ética organizacional, Universidad de Deusto. Galo Bilbao Alberdi: Profesor de Ética. Investigador del Centro de Ética Aplicada, Universidad de Deusto, Universidad de Deusto

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Tres hábitos para salir fortalecidos del confinamiento

En este período insólito de confinamiento en el que nos vemos inmersos en la actualidad, no cabe duda de que tener la mente ocupada hace que el tiempo transcurra más rápido y nos aleja de estados de angustia, ansiedad o depresión. Son muchos los expertos que insisten en la importancia de establecer rutinas en la vida diaria que nos impidan estar ociosos y pensar demasiado en lo que nos rodea. Pero, ¿de verdad resulta tan beneficioso establecer rutinas?

 

Rutina es una palabra que proviene del francés, routine, que significa “costumbre o hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y de manera más o menos automática” (RAE, 2020). La rutina nos permite organizar nuestro tiempo de una forma práctica, automatizada.

 

Históricamente ha habido personas ilustres reconocidas por sus rutinas, como Nietzche, Karl Max o Emmanuel Kant. Este último era apodado “el reloj de Konigsbergh”, su localidad natal, y tenía por costumbre pasear todos los días a la misma hora, aprovechando los vecinos su paso por determinados lugares para poner en hora sus relojes.

 

Pues bien, con la COVID-19 acechando, nos hemos visto, de la noche a la mañana, obligados a recluirnos en nuestras casas. Hemos tenido que frenar en seco nuestra inercia cotidiana, para dar paso a una situación desconocida e insólita con repercusiones a nivel mundial. En este contexto, la rutina puede jugar el papel de aliado o de enemigo.

 

La rutina ahorra energía

Como aspectos positivos de la rutina, cabe destacar que nos permite alcanzar cierto nivel de orden y organizar nuestra vida, además de ganar tranquilidad, dormir mejor y obtener una mayor seguridad emocional. Por si fuera poco, la planificación reduce el estrés y la depresión, nos genera una estructura conocida y nos ayuda a movernos en nuestra “zona de confort”.

 

Por otro lado, la rutina nos ayuda a administrar mejor nuestro tiempo, de forma disciplinada, economizando esfuerzos. Funcionar con cierto nivel de automatismo, sin pensar, evita la sobrecarga cognitiva y nos ayuda a centrarnos mejor en nuevos aprendizajes y rutinas.

 

En ese sentido, podemos afirmar que con disciplina ahorramos energía mental, que podemos destinar al desarrollo de habilidades. Además, no hay que olvidar que las rutinas se transforman en costumbres, algo fundamental para mantener una actividad de manera prolongada en el tiempo.

 

Sin temor a equivocarnos, podemos aventurar que la repetición es la clave de la adquisición de hábitos. En un artículo que publicaba hace unos años la revista Personality and Social Psychology Bulletin, Wendy Woods y sus colegas de la University of Southern California (EE UU) aseguraban que el 40% del tiempo no pensamos en lo que hacemos: nos dejamos llevar por automatismos. Con la motivación suficiente, podemos modificar los hábitos. Aunque si estrujamos mucho la fuerza de voluntad y ésta flaquea, volveremos a caer fácilmente en esas rutinas grabadas a fuego.

 

Según Woods los estudios revelan que se puede tardar entre 15 y 254 días en convertir un comportamiento en hábito. Ahora que estamos confinados en casa, tenemos ante nosotros la oportunidad de adquirir hábitos saludables que en la vorágine de nuestras ajetreadas vidas nos costaba tanto establecer.

El riesgo del tedio y las adicciones

Como contrapartida, la rutina nos puede conducir a la monotonía, hacer que todos los días nos parezcan iguales, sin incentivos. Al final, corremos el riesgo de acabar perdiendo la chispa y aburriéndonos. Con el peligro que eso supone de caer en las garras de algunas adicciones peligrosas como el alcohol, las drogas, el juego o comer compulsivamente.

 

Para no llegar a este punto, hay que asegurarse que no decae nuestro ánimo. Pensar excesivamente en la situación generada por la pandemia puede derivando en un estado de ansiedad o depresión, que nos vuelve más vulnerables.

Cuestión de actitud

Está claro que tenemos la oportunidad de sacar provecho de la rutina, sobre todo si la aplicamos correctamente a nuestros horarios, higiene y cuidado personal. También podemos mejorar nuestra autoestima y avivar nuestra esperanza pensando en que todo esto pasará (que lo hará). Incluso aprovechar las circunstancias para ordenar algunos aspectos de nuestra vida, mantener el contacto con nuestros seres queridos, mantener una actividad física intensa y realizar actividades en común.

 

En cierto modo, tenemos ante nosotros una oportunidad única que no deberíamos dejar pasar. No hay que olvidar que las circunstancias no se eligen, pero sí la actitud que tenemos ante ellas.

 

El atleta norteamericano Jim Ryun decía que “la motivación nos ayuda a comenzar y el hábito a continuar”. Comencemos, pues, a planificar y poner en práctica rutinas que nos permitan seguir un ritmo diario. Eso sí, para evitar la monotonía no queda otra que combinarlas con cierta dosis de creatividad e innovación en otros aspectos de nuestro día a día.

 

Fuente: The Conversation

https://theconversation.com/pros-y-contras-de-la-rutina-en-confinamiento-136023

Autor: Fernando Díez: Profesor doctor Facultad de Psicología y Educación, Universidad de Deusto

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El Covid-19 es una experiencia dolorosa, pero también nos proporciona excelentes lecciones de ciencia.

El coronavirus SARS-CoV-2 y la enfermedad COVID-19 son una experiencia dolorosa, pero también nos proporciona excelentes lecciones de ciencia. Entre ellas destacaríamos tres:

La salud del planeta es también nuestra salud

El contagio por COVID-19 en humanos pudo iniciarse a partir del consumo de un mamífero salvaje protegido, en vías de extinción y vendido ilegalmente, llamado pangolín. Este se consume en algunos mercados asiáticos como un alimento nada sostenible y se utiliza en remedios médicos sin evidencia científica.

 

Otras hipótesis apuntan a los murciélagos u otros animales como vectores del coronavirus. Los expertos vaticinan que mientras continúen estas prácticas con animales salvajes, habrá nuevas epidemias como la que estamos viviendo.

 

Según otros investigadores, es muy probable que en el futuro nuevos virus puedan proceder de animales de granja como cerdos y pollos, tal y como ya sucedió con la llamada “gripe porcina” en 2009. Las condiciones de hacinamiento que se dan en ciertas granjas industriales pueden facilitar la propagación de virus y otros patógenos.

 

Estos hechos ilustran cómo durante los últimos siglos la humanidad ha jugado tanto con la salud de los ecosistemas como con la suya propia. El uso insostenible de la naturaleza continúa. El cambio climático facilita la expansión de animales fuera de sus hábitats naturales, desequilibra los ecosistemas y disemina nuevas enfermedades.

 

La salud del medioambiente no está al margen de la de las personas: son dos caras de la misma moneda. La degradación del medio natural afecta todo el planeta, nosotros incluidos. Es urgente adoptar una visión integrada y una gestión global de la salud del medioambiente y de la humanidad.

 

“El coronavirus es lo que pasa cuando ignoras la ciencia”

La frase anterior, propuesta por un columnista del diario The New York Times, es de vital importancia para entender la magnitud de la tragedia.

 

Hace más de 10 años, un trabajo de investigación de la Universidad de Hong Kong realizado en China ya alertó de la posibilidad que algún coronavirus pudiera emerger (y acertó en su predicción).

 

A pesar de los grandes avances científicos del último siglo, algunos políticos no creen que el cambio climático sea un problema y quieren disminuir las normativas de protección ambiental o tienen miedo de establecer nuevas. Y convencen a mucha gente.

 

Para luchar contra estas ideas debemos acercar más la ciencia a los ciudadanos y formar espíritus críticos y libres. La divulgación científica es ahora una gran aliada. Hay que invertir mucho más en cultura y en investigación científicas: tras la crisis económica de 2008, se produjeron recortes importantes en los presupuestos de universidades y centros de investigación públicos, y también en la sanidad pública. La precariedad laboral de los jóvenes científicos es ya crónica y cuando llega el enemigo común (hoy el coronavirus, mañana será otro), nos damos cuenta repentinamente de que no estamos preparados para afrontarlo.

 

La prevención es igual o más importante que la terapia

El dinero destinado a la ciencia no se reparte equilibradamente entre disciplinas. Se tiende a financiar una investigación que rinda resultados a corto plazo, se prima el tratamiento de la enfermedad y la emergencia, frente a la prevención que va de la mano de la investigación fundamental y de rendimiento a largo plazo.

 

Un experto en virología del CNRS de Francia se quejaba de que la investigación fundamental sobre los coronavirus estaba mal financiada. Podemos decir algo similar acerca de la investigación sobre nuestros océanos, bosques, ríos y medio natural en general.

 

Las emisiones de CO₂, los plásticos, el cambio climático, la contaminación y la sobreexplotación de los recursos naturales son ejemplos que no solo suponen un peligro para la salud de los ecosistemas sino también para la salud de las personas. Ponen en riesgo los beneficios que un medio natural bien conservado nos aporta en forma de alimentos saludables, nuevas medicinas o la posibilidad de practicar actividades recreativas beneficiosas para la salud física y mental. Se debe dar un mayor apoyo a la conservación de la salud de nuestro planeta, que está intrínsecamente unida a la salud humana.

 

Fuente: The Conversation

https://theconversation.com/tres-lecciones-cientificas-que-nos-deja-el-coronavirus-135083

Autores: Josep Lloret, University of Girona; Elisa Berdalet Andrés, Instituto de Ciencias del Mar (ICM-CSIC); Lora Fleming, University of Exeter; Rafael Abós-Herràndiz; Sam Dupont, University of Gothenburg y Yonvitner Yonvitner, IPB University

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¿De qué debe estar hecha la mampara ideal para nuestro negocio?

El material importa. ¿Metacrilato, Policarbonato y Petg?

 

El Metacrilato, Policarbonato y Petg son plásticos técnicos empleados en todo tipo de sector industrial. El Policarbonato y Petg principalmente para la protección de todo tipo de maquinaria. Desde el sector Packaging, alimentación, industria textil, automoción, máquina – herramienta, etc…. El policarbonato y Petg (copoliéster) son materiales semejantes. Presentan ventajas y desventajas entre ellos. Aquí te explicaremos por qué, hemos elegido el PETG o el Policarbonato como la base para la realización de nuestras mamparas frente al conocidísimo metacrilato

 

El policarbonato

  • Es un material apto para el alto impacto, con un rango muy alto y bajo en temperaturas. No es fisiológicamente inerte a no ser que lleve un tratamiento superficial.
  • Se dobla en caliente hasta 6 mm de espesor. A partir de un mayor espesor se ha de doblar en frio. El dobado en seco provoca retrocesos, por lo tanto pérdida de grados de doblado y tensiones por donde puede fisurarse y quebrarse.
  • Además absorbe humedad produciendo burbujas de aire que pueden quedar poco estéticas. Estas burbujas se crean en el proceso de doblado en caliente.
  • El policarbonato es un material que se comercializa con tratamientos superficiales garantizados.

 

El Petg o Copoliéster

  • Es un material de alto impacto, de resistencia Charpy inferior al policarbonato y de inferior rango de resistencia a las temperaturas, positivas y negativas. por el contrario se dobla con mayor facilidad en caliente hasta espesores de 12 mm. En seco no es apropiado doblarlo ya que se quiebra.
  • Es fisiológicamente inerte, por lo tanto aprobado por la FDA y apropiado para el contacto con alimentos.
  • No absorbe humedad por lo tanto las dobleces son mas estéticas que con el policarbonato.
  • Tanto el Policarbonato o Petg no se astillan en el caso de rotura. Su transparencia es del 96% aproximado, inapreciable al ojo humano.

 

El Metacrilato

  • Es totalmente transparente, con muy buena resistencia al ataque químico. No importa el tamaño de espesor, se consigue la transparencia tras un pulido de sus superficies. Por el contrario es desaconsejable para la protección ya que se astilla como un vidrio no templado.
  • Disponemos de almacén y maquinaria para la comercialización y manipulación de acrílicos y materiales transparentes u opales.
  • Ofrecemos un rápido servicio de piezas cortadas a medida y correctamente escuadradas.
  • Realizamos termo-conformados sencillos, bajo plano o muestra del cliente.
  • Debido a que una gran parte de piezas que se obtienen con estos materiales son de importante valor estético, somos muy exigentes con los acabados.

 

Autor: MasMampara

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